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Truman es un hombre joven que vive una vida aparentemente feliz, tranquila y perfectamente organizada en un pueblo donde todo es cordial, armonioso y parece ideal. En ese lugar nunca ocurre nada malo: es como un pequeño paraíso. Sin embargo, nadie le apoya ni le anima a salir de allí para conocer otros lugares del mundo; más bien sucede todo lo contrario. Esa perfección constante es precisamente lo que empieza a hacerle dudar de la realidad en la que vive.

Poco a poco, Truman descubre que su vida no es real, sino un gran decorado lleno de actores, donde todo está cuidadosamente estudiado, prefabricado y retransmitido en directo por televisión desde que nació. Su día a día es seguido por millones de espectadores las 24 horas del día, como si se tratara de un programa más de televisión.

Tras ver esta película, las conclusiones a las que llegamos son bastante evidentes. Queda claro que muchos valores humanos y derechos fundamentales de Truman —como el respeto, la integridad, la salud mental o la intimidad personal— no han sido respetados en absoluto. En la película se observa claramente cómo estos valores y derechos son pisoteados en favor de los intereses económicos del director y productor del show.

En realidad, el único valor que se ha conseguido resaltar es el éxito profesional y las enormes ganancias económicas obtenidas gracias a la emisión del programa de Truman. Cuando él descubre la verdad, se siente profundamente engañado y estafado por todo su entorno, especialmente por las personas en las que más confiaba, como su propia familia y sus amigos.

Tal y como comenta el compañero Nico: “Cuando era pequeño me decían ‘pobrecito’ por ir en silla de ruedas, y eso me fastidiaba mucho”. Expresiones así demuestran una falta de respeto y una sensación de superioridad sobre la persona. En la película ocurre algo muy similar: los responsables del programa se sienten por encima de Truman, sin tener en cuenta su dignidad.

En la historia, al igual que sucede en la vida real, también se aprecia una doble manipulación. Como ocurre en programas como Gran Hermano, todo está preparado de antemano. Se capta la atención de los espectadores para que no piensen en otros temas o asuntos más importantes.

Con esta película se pone de manifiesto que la realidad no es solo lo que vemos o lo que nos cuentan, sino que es algo muy subjetivo, que depende de cada persona, de su entorno, de su educación y de su iniciativa personal para cuestionar lo que le rodea y buscar nuevas respuestas.

Además, en cuanto a la ética, la moral, los derechos humanos y los valores, queda claro que muchas veces son ignorados y descaradamente vulnerados en nombre de los intereses políticos y económicos de una minoría que pretende controlarlo todo, incluso a los ciudadanos. Esto se hace a través de las redes sociales, el cine, la televisión o informaciones cada vez más sesgadas y repetitivas. Aunque pueda parecer algo inofensivo, en realidad se trata de una forma de manipulación que busca que no pensemos en nada más, y que solo veamos y creamos aquello que otros deciden en cada momento.