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En el ámbito de la educación actualmente han cambiado conceptos y metodologías. Las guarderías ya no son guarderías, sino escuelas de educación infantil, pues a los niños y niñas, ya no se les guarda, sino que se les enseña a convivir y conceptos adecuados a su edad.

A diferencia de antes, la educación y el aprendizaje del alumnado se desarrolla de una forma cada vez más lúdica y dinámica, y sobre todo en estas edades se plantea a través del juego y de experiencias estimulantes y atractivas. Cosa que ayuda a comprender mejor los diferentes conceptos y a hacerlo con mayor interés. Por ello, ya no se imponen métodos rígidos ni se recurre tanto a la memorización como antes.

Actualmente se parte de la idea de que cada persona aprende a su ritmo y a su manera. Por eso se dice que un buen docente es aquel que sabe explicar un mismo concepto de diferentes formas, para que todo el alumnado pueda entenderlo y asimilarlo, independientemente de sus características o singularidad personal.

En las aulas de infantil, los espacios son ahora más abiertos, amplios y diáfanos, pensados para aprender jugando, sin tantas mesas ni pupitres como antaño. El educador/a ya no es la autoridad incuestionable ni el protagonista absoluto, sino un referente que acompaña, calma, guía y reconforta a los niños y a las niñas, para que aprendan conceptos y pautas de comportamiento. De este modo, pueden desarrollar su personalidad sin frustrarse, respetando además sus ritmos de aprendizaje y su realidad familiar, cultural y social. Se entiende que cada infante es un ser único y protagonista de su propio desarrollo vital.

En general, hoy en día en los centros educativos ya no se castiga al alumnado obligándolo a mirar a la pared, ni expulsándolo de clase con gritos por no guardar silencio, y mucho menos con estirones de oreja, como ocurría en otras épocas. Ante un conflicto o una rabieta, se intenta dialogar, y les invita a expresar cómo se sienten y buscar conjuntamente una solución que les ayude a calmarse. Gritarles solo aumenta su rabia y frustración.

Por ello, hoy también se habla de escuelas inclusivas: espacios seguros donde se aceptan y respetan todas las singularidades del infante, tanto a nivel familiar como social, cultural y personal, independientemente de que tenga o no alguna discapacidad. Actualmente, por ley, todo el alumnado debe ser respetado e incluido en el mismo entorno educativo, proporcionándole las ayudas y herramientas que necesite para su desarrollo.

Ya no se obliga a las familias a llevar a sus hijas o hijos con discapacidad a centros especiales, salvo en casos muy graves. En principio, son las familias quienes deciden el tipo de centro educativo más conveniente para ellos, aunque también deben estar de acuerdo con el proyecto educativo y la forma de enseñar del centro elegido.

El problema es que las leyes y las teorías funcionan muy bien sobre el papel, pero la realidad que vive el profesorado en las aulas es, en muchas ocasiones, bien distinta.

Las ratios suelen ser de 20 a 25 infantes por clase en los cursos de 2, 3, 4 y 5 años. En el caso de bebés y hasta 1 año, las ratios oscilan entre 8 y 13 por aula. La realidad es que la mayoría son muy activos, y resulta prácticamente imposible atender a todos debidamente.

La realidad es que los docentes se sienten desbordados, y contar con alumnado en prácticas para aliviar la presión del profesorado titular no es la solución.

Es cierto que la integración escolar cuenta con más de 40 años de trayectoria, desde los años 80. Por ello, el desafío ya no se centra tanto en el alumnado con discapacidad física o sensorial —que, con adaptaciones mínimas, puede seguir el ritmo de la clase— como en el creciente número de diagnósticos del espectro autista y problemas severos de conducta. Este alumnado requiere una atención especializada y constante para poder aprender adecuadamente. Sin embargo, el número de profesorado de apoyo es insuficiente, y también escasean los recursos pedagógicos específicos.

En consecuencia, no siempre se puede ofrecer la atención adicional que este alumnado necesita y merece. Además, muchos docentes no cuentan con formación específica en educación especial, lo que incrementa su sensación de sobrecarga. De este modo, no solo se ve afectada la atención al alumnado con necesidades educativas especiales, sino también la calidad educativa que recibe el resto del grupo.

Por todo ello, desde hace tiempo se reclama una mayor colaboración entre los centros educativos y los equipos de pedagogía, orientación y trabajo social, con el fin de disponer de las herramientas necesarias para atender unas necesidades educativas que cada vez son más complejas.

A todo esto, se suma que la elaboración de informes, las reuniones con las familias y la preparación de proyectos y actividades para que el alumnado experimente y aprenda requieren un tiempo adicional fuera del horario lectivo. Ese tiempo, en muchos casos, no está reconocido. Por eso, en ocasiones puntuales —como la preparación de disfraces o actividades especiales— se solicita la colaboración activa de las familias. No obstante, la presencia continuada de las familias en el aula de educación infantil tampoco resulta positiva, ya que puede dificultar la creación de un vínculo directo entre el alumnado y el profesorado.

Por todo ello, las manifestaciones del profesorado no responden únicamente a reivindicaciones salariales, sino también a la necesidad de reclamar mayor atención y más recursos por parte de la administración. El objetivo es poder desempeñar su labor en condiciones óptimas, tanto para el bienestar del alumnado como para el del propio profesorado, y garantizar que las condiciones establecidas por la ley se cumplan realmente y no queden solo en papel mojado.